viernes, 10 de octubre de 2014

Compasión y cobardía

10 de octubre de 2014

Hoy el Comité Nobel de Noruega ha concedido el Premio Nobel de la Paz a Kaylash Satyarthi y a Malala Yousafzai.

Una adolescente paquistaní musulmana a la que la barbarie de los talibanes estuvo a punto de matar por el delito de ir a la escuela, contarlo y defender el derecho de las niñas a la educación.

Y un activista indio que lleva años liderando la lucha pacífica contra el trabajo infantil, en su país y en todo el mundo, difundiendo el mensaje de que los niños necesitan educación como el medio más seguro de alcanzar una vida digna y una sociedad mejor.

Y hoy, en un hospital de Madrid, Teresa Romero, auxiliar de enfermería, contagiada de Ébola por atender a un paciente con esa misma enfermedad, gravísima, sin cura y extremadamente contagiosa, permanece en estado crítico.

Son ejemplos de que hacer lo que debemos no es siempre fácil, ni siquiera seguro, ni mucho menos agradable. Ejemplos de cómo hemos olvidado, en nuestra protegida y civilizada Europa, que la vida no tiene garantías, y que la humanidad, es decir la compasión, el cuidado de los enfermos, de los débiles, de los niños, exige compromisos personales, renuncias, sacrificios.

Sus actos debieran servir como referentes morales en una sociedad que tiene enfermedades bastante más graves que el Ébola.

Una sociedad en la que hace un par de días, mientras en las redes sociales se llamaba asesinos a quienes sacrificaban al perro de Teresa como medida de precaución ante posibles contagios, en los hospitales de África morían en una jornada centenares de niños y adultos. Como cada día, por otro lado. 

Una sociedad en la que se reprocha al gobierno no dedicar suficientes recursos a rescatar a algunos ciudadanos en el extranjero y se le reprocha rescatar a otros, porque eran religiosos. Y en la que nadie ha reparado en que el suero que se está utilizando en el tratamiento de Teresa, procede de la donación altruista de una religiosa. Que, por cierto, es africana y a la que nunca hubiéramos traído a tratarse a nuestra civilizada Europa. La hermana Paciencia Melgar.

Una sociedad en la que un médico (¿qué ha sido del espíritu de Hipócrates, de Avicena, de Florence Nightingale...?), que ocupa un cargo público, se permite denostar a una profesional de la sanidad, que tal vez pierda la vida porque la arriesgó cuidando de otros, echándole la culpa de haberse contagiado de una enfermedad de la que casi nadie sabe gran cosa. Él mismo incluido.

Una sociedad en la que conseguir la implicación de los hombres en la crianza de sus hijos nos parece todo lo importante que realmente es, pero defender los derechos de las mujeres musulmanas -no sólo en otros países sino en los nuestros propios- no nos lo parece tanto porque, al fin y al cabo... es su cultura y no vamos a ser racistas.

Y una sociedad en la que creemos que la educación infantil consiste en que los niños no se traumaticen, no corran riesgos, no tengan que hacer esfuerzos, no se enfrenten a nada desagradable, ni triste, ni difícil. 

¿Dónde está el suero que nos permita reaccionar contra esta cobardía bien pensante, bien intencionada y egoísta?  ¡Ojalá lo supiera!

Os dejo el final del "Ocaso de los dioses", de R. Wagner.