jueves, 5 de junio de 2014

Lo que vale tu palabra (II)

4 de junio de 2014
¿Por qué tengo que cumplir el código civil si no lo he votado?

Siguiendo con los temas estrella de la temporada: elecciones europeas y abdicación, hoy me hago, y os hago, esta pregunta. Y planteo algunas más, por si queréis seguiros interrogando.

Si el hecho de no haber votado la Constitución te exime de cumplirla o se considera argumento válido para cuestionar su vigencia: ¿qué deberían hacer los Estados Unidos de Norteamérica, que tienen la misma desde 1787? ¿o Francia, que promulgó la última en 1958? ¿o el Reino Unido, que no tiene constitución escrita? 

¿Por qué no se echan a la calle periódicamente "los pueblos" de esos países para reclamar un cambio constitucional que puedan votar para "dar legitimidad" a su sistema de convivencia? ¿por qué sus políticos no plantean cada treinta años o así que hay que "acomodar la Constitución a los tiempos actuales"?

¿Por qué es posible que representantes de los ciudadanos, que ocupan cargos públicos gracias a nuestros votos y que cobran de nuestros impuestos y han jurado "cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes" se dediquen a conculcarlas de manera pública y notoria y sin consecuencias para ellos? 

¿De dónde ha salido esa falacia de la "legitimidad de la calle" como opuesta a la legitimidad de las urnas y las leyes, y que, en realidad, está pensada para legitimar la violencia de unos pocos?

¿Qué crédito moral y político puede tener quien jura algo y después lo incumple? ¿O quien lo jura declarando que no lo cumplirá? ¿Por qué "su conciencia" -que es lo que suelen invocar semejantes tipos para justificar su traición a la palabra dada- ha de ser más merecedora de respeto que la mía o que la del resto de ciudadanos, que esperamos de nuestros dirigentes el cumplimiento diligente de la ley como primera obligación de sus cargos?

En un estado democrático de derecho el escenario es muy sencillo de entender:
  • La leyes obligan a todos los ciudadanos, si las has votado como si no.
  • Si hay leyes que no te gustan, actúa para cambiarlas democráticamente.
  • Mientras tanto, hasta que no lo consigas, cúmplelas
  • Si ocupas un cargo público y tu conciencia no te permite cumplir con las obligaciones del mismo, dimite.
Ninguna de estas circunstancias incluye incumplir la ley, ni convocar manifestaciones y luego pretender que eso es "la voz del pueblo". Ni, mucho menos, recurrir a la violencia o justificarla.

(Incluyendo el último hallazgo dialéctico, "lo preocupante no es que ardan contenedores sino que haya gente que busca comida en ellos", que busca desactivar cualquier tipo de argumento en contra recurriendo a igualar, de modo implícito y torticero, oponerse a la quema de contenedores con defender que haya gente que busque comida en ellos.)

Por cada persona que sale a la calle a manifestarse puede haber entre 50 y 1000 personas, en la misma población, que NO se manifiestan, sea cual sea la convocatoria. 

¿Es democracia suponer que esas otras personas piensan lo mismo aunque no hayan ido a la mani? ¿Mas aún, es democracia imponer a esas otras personas, que cualquiera que haya aprobado las matemáticas de primaria ve que suponen más del 90% del total, los deseos de los manifestantes? Y para acabar ¿es democracia argumentar que la hipotética voluntad de esa "mayoría" -que desmiente la aritmética- es suficiente para suspender las leyes?

Pues tengo una mala noticia, lectores: cada vez hay más gente en España que cree que sí.

PD. Y todo lo anterior no tiene nada que ver con el legítimo deseo de muchos ciudadanos de que España sea una república o de que se plantee ese debate. A ver si nos aclaramos.

Y hoy Yo Yo Ma interpreta parte de la banda sonora de "La Misión" (Ennio Morricone). La aventura de un hombre que empeña su vida (y su palabra) en redimirse.




miércoles, 4 de junio de 2014

Lo que vale tu palabra (I)

3 de junio de 2014

Promesas del Este

Parece difícil estos días escribir, en España, de algo que no sean los resultados electorales de las pasadas elecciones europeas o la abdicación del Rey y el debate sobre el régimen político y el cambio constitucional.

Así que, aunque me da un poco de pereza, me pongo con lo primero: merece la pena analizar tanta chorrada acumulada. 

Respecto de las elecciones generales, la caída del PP y del PSOE no me sorprende (creo que a nadie), pero el ascenso del "fenómeno" Podemos me parece un indicador tristísimo de miseria intelectual.

Que haya tantos compatriotas que creen que la crisis ha sido culpa enteramente "de otros" (banqueros, ricos, políticos, empresarios...) y que su solución es un Estado intervencionista al estilo Venezuela, sin responsabilidad individual, sin iniciativa privada, sin seguridad jurídica, sin separación de poderes, que proporcionará una paga a todo ciudadano, que garantizará la "dignidad existencial", después de proceder a una "auditoría pública de la deuda" y a la nacionalización de empresas o bienes de producción, me espanta.

No se trata de que desde el punto de vista económico esto resulte ser un disparate, aunque lo diga un profesor de Universidad, ("humilde portavoz" del colectivo) y ahí están los países comunistas. Se trata de algo infinitamente más grave: se trata de que un número importante de ciudadanos no quieren ser ciudadanos. Es decir: no quieren ser adultos y responsables de sí mismos. No quieren ejercer su libertad día a día y asumir las consecuencias de la misma sin más limitaciones que la libertad de los demás. 

Quieren que su libertad se reduzca a votar para que el Estado, con su voto, se ocupe de toda su vida: decida por él, le subvencione la supervivencia, le proporcione consignas ideológicas para tranquilizar su conciencia y le libre así del insoportable peso de ser un individuo, para acogerse al cómodo abrigo del "pueblo", al tranquilizador envoltorio de "la gente".

Si de verdad alguien piensa que la vía de regeneración democrática, cada día más necesaria en España, pasa por las propuestas de este partido, sólo me queda recordar los versos de Quevedo "Miré los muros de la patria mía.." por más que la patria de cada uno no deje de ser el fruto de una casualidad y no la unidad de destino en lo universal que predican los nacionalistas.

Esas promesas engañosas, que conducen a la frustración cuando no se cumplen y a la miseria cuando lo hacen, me han traído a la memoria la película de la que he tomado prestado el título: una obra que merece la pena ver.

Y por cierto: ¿cómo se llama que cobrar 8.000 € al mes por trabajar como europarlamentario deba ser ilegal y cobrar 800 € al mes por no hacer nada sea un logro social?