martes, 23 de diciembre de 2014

El relativismo moral tiene un precio...

... que tal vez terminen pagando nuestros hijos.

23/12/2014


La semana pasada he estado unos días en Marruecos, por motivos de trabajo. No voy a detallar las cosas que me sorprendieron -unas agradablemente, otras de manera decididamente molesta- pero sí quiero comentar dos aspectos que me han hecho cavilar bastante a la vuelta.

El primero de ellos la defensa de un alto funcionario marroquí de la sensatez de incluir en la reglamentación de la vida civil de aquellos aspectos de la religión (musulmana) que pudieran ayudar a orientar el comportamiento de las personas. 

El segundo la reacción de algunos europeos ante esta afirmación, al aceptar por un lado que esto pudiera ser conveniente dado que se trata de "su cultura" y, al rechazar, por otro, la hipótesis de que los valores europeos pudieran ser moralmente superiores. 

De verdad que aún no salgo de mi asombro: ¿o sea, que en Europa en general y en España en particular, hemos llegado a un punto en que por decir "Feliz Navidad" te montan un pollo, en el que por afirmar que las iglesias cristianas tienen el mismo derecho que cualquier otra asociación o ciudadano a manifestar su opinión te llaman "integrista", en el que por señalar la influencia del cristianismo (ojo, no confundir con las iglesias) en los principios de los derechos humanos te llaman "fanático" y en cambio, que al otro lado del Mediterráneo los principios de la religión musulmana dirijan las leyes -y por tanto la vida- de las personas, tanto si los comparten como si no, es perfectamente razonable?

¿O sea que el esfuerzo (y la sangre) que costó en Europa acabar con las guerras de religión, reconocer que la fe debe ser un asunto privado y que la convivencia debe asentarse en un respeto escrupuloso al derecho de los demás a rezar como mejor les parezca, incluyendo -evidentemente- no rezar, no ha servido para nada? 

¿Que ese respeto, sobre el que se basan todas las Constituciones Europeas (y que por cierto, ha permitido que inmigrantes de todas las dictaduras musulmanas se asienten en Europa y practiquen libremente sus creencias de un modo en el que ningún cristiano, ni ateo puede hacer en ningún país musulmán) no merece que afirmemos, sin ningún género de dudas, que nuestros valores son mejores? 

No confundamos las cosas: afirmar que los valores de tolerancia y respeto, de libertad de opinión y religiosa, de separación de la religión y el Estado son decididamente superiores moralmente, no significa ni que no respetemos la dignidad de quienes no los comparten, ni, mucho menos que pretendamos imponerlos por la fuerza. 

Pero sí tiene que significar que tenemos el valor de defenderlos, de afirmar su primacía, de tratar de difundirlos y, sobre todo, de no sacrificar el futuro de nuestros hijos en una sociedad en la que puedan ser libre e iguales ante la ley, a una mal entendida tolerancia, a un relativismo moral cuyo precio será, perder en unos años, por desidia, lo que tan costosamente se construyó a lo largo de siglos.

Las tradiciones no son necesariamente respetables ni por ser antiguas ni por ser mayoritarias en determinadas regiones: el canibalismo fue, en ciertos sitios y en ciertos momentos, una tradición; también la esclavitud. La ablación del clítoris sigue siéndolo. La desigualdad de las mujeres también. La pena de muerte para homosexuales o musulmanes que se convierten a otras religiones igualmente.

¿Queremos seguir mirando para otro lado y llamarlo "otra cultura"? 



viernes, 10 de octubre de 2014

Compasión y cobardía

10 de octubre de 2014

Hoy el Comité Nobel de Noruega ha concedido el Premio Nobel de la Paz a Kaylash Satyarthi y a Malala Yousafzai.

Una adolescente paquistaní musulmana a la que la barbarie de los talibanes estuvo a punto de matar por el delito de ir a la escuela, contarlo y defender el derecho de las niñas a la educación.

Y un activista indio que lleva años liderando la lucha pacífica contra el trabajo infantil, en su país y en todo el mundo, difundiendo el mensaje de que los niños necesitan educación como el medio más seguro de alcanzar una vida digna y una sociedad mejor.

Y hoy, en un hospital de Madrid, Teresa Romero, auxiliar de enfermería, contagiada de Ébola por atender a un paciente con esa misma enfermedad, gravísima, sin cura y extremadamente contagiosa, permanece en estado crítico.

Son ejemplos de que hacer lo que debemos no es siempre fácil, ni siquiera seguro, ni mucho menos agradable. Ejemplos de cómo hemos olvidado, en nuestra protegida y civilizada Europa, que la vida no tiene garantías, y que la humanidad, es decir la compasión, el cuidado de los enfermos, de los débiles, de los niños, exige compromisos personales, renuncias, sacrificios.

Sus actos debieran servir como referentes morales en una sociedad que tiene enfermedades bastante más graves que el Ébola.

Una sociedad en la que hace un par de días, mientras en las redes sociales se llamaba asesinos a quienes sacrificaban al perro de Teresa como medida de precaución ante posibles contagios, en los hospitales de África morían en una jornada centenares de niños y adultos. Como cada día, por otro lado. 

Una sociedad en la que se reprocha al gobierno no dedicar suficientes recursos a rescatar a algunos ciudadanos en el extranjero y se le reprocha rescatar a otros, porque eran religiosos. Y en la que nadie ha reparado en que el suero que se está utilizando en el tratamiento de Teresa, procede de la donación altruista de una religiosa. Que, por cierto, es africana y a la que nunca hubiéramos traído a tratarse a nuestra civilizada Europa. La hermana Paciencia Melgar.

Una sociedad en la que un médico (¿qué ha sido del espíritu de Hipócrates, de Avicena, de Florence Nightingale...?), que ocupa un cargo público, se permite denostar a una profesional de la sanidad, que tal vez pierda la vida porque la arriesgó cuidando de otros, echándole la culpa de haberse contagiado de una enfermedad de la que casi nadie sabe gran cosa. Él mismo incluido.

Una sociedad en la que conseguir la implicación de los hombres en la crianza de sus hijos nos parece todo lo importante que realmente es, pero defender los derechos de las mujeres musulmanas -no sólo en otros países sino en los nuestros propios- no nos lo parece tanto porque, al fin y al cabo... es su cultura y no vamos a ser racistas.

Y una sociedad en la que creemos que la educación infantil consiste en que los niños no se traumaticen, no corran riesgos, no tengan que hacer esfuerzos, no se enfrenten a nada desagradable, ni triste, ni difícil. 

¿Dónde está el suero que nos permita reaccionar contra esta cobardía bien pensante, bien intencionada y egoísta?  ¡Ojalá lo supiera!

Os dejo el final del "Ocaso de los dioses", de R. Wagner.






miércoles, 24 de septiembre de 2014

La falacia del progreso

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12 de septiembre de 2014

Una de las ideas que nos dejó en herencia la revolución industrial del siglo XIX, al menos en Europa y en América, fue la creencia en el progreso ininterrumpido de la sociedad.

El convencimiento de que el esfuerzo humano generaría, de manera continuada, avances en todas las áreas de la vida y el conocimiento y que esos avances, más o menos rápido, se traducirían en mejores condiciones de vida para todos los miembros de la sociedad.

Sobre ese optimismo que podríamos calificar de científico, en la medida en que espera todos esos avances del cada vez mayor y mejor conocimiento de la naturaleza, muy diversas teorías políticas trataron de diseñar sociedades que aseguraran tanto el efectivo desarrollo de los avances como la mejor difusión de sus beneficios y ahí están las diversas utopías anarquistas y comunistas.

Las atroces guerras del siglo XX y los millones de muertos de esas utopías puestas en práctica no fueron suficientes para que las sociedades occidentales empezaran a dudar de esa creencia en el progreso, fundamentalmente porque el avance científico de ese siglo supuso transformaciones económicas y sociales de un alcance previamente no imaginado. Es más, otras sociedades en el mundo oriental se incorporaron a esa creencia en un futuro siempre mejor.

Y aquí estamos, ya entrado el siglo XXI... y ¿qué podemos decir? pues que ese optimismo no está justificado. En absoluto. Y no porque la ciencia haya perdido la capacidad de mejorar nuestro entorno y nuestra vida.

Sino porque nosotros mismos, los seres humanos, somos capaces de jodérnosla (y perdón por la expresión), sin reparar en gastos.

Mientras en Silicon Valley aparecen start-ups centradas en la investigación sobre el proceso de envejecimiento que hablan, incluso, de la inmortalidad como objetivo (1, 2) en Irak y Siria una horda de fanáticos proclama un califato universal y asesina sin reparo ni remordimiento, con el único y reconocido propósito de instaurar un régimen de terror dedicado a la adoración de un dios bárbaro y al cumplimiento de unos preceptos salvajes e irracionales. 

Y mientras los niveles de bienestar habían ido mejorando, de manera lenta y desigual, pero sostenida en una gran parte del mundo, mientras se había ido extendiendo el convencimiento de que las fronteras eran divisiones artificiales y de que los derechos humanos debían estar por encima de tradiciones locales y de países, justamente en la vieja Europa donde nacieron esas ideas (y prosperaron, al precio de innumerables guerras) renacen ahora los fantasmas del más trasnochado nacionalismo.

Se escuchan las voces que piden volver a una aldea idílica, aislada del mundo, para preservar, incontaminadas, no se sabe qué esencias que permiten a quienes se han dejado embaucar, creerse mejores que sus vecinos: más listos, más guapos, más altos...sin necesidad de hacer ningún esfuerzo, pero tampoco sin correr nunca el riesgo de perderlo, porque lo que se tiene sólo por el hecho de nacer, ni puede dejar de tenerse ni, mejor todavía para tanto espíritu mezquino, puede alcanzar a ser poseído por "el otro", "el forastero"... "el enemigo".  Ahí está Escocia. Ahí está Cataluña.

Así que, ¿quién puede seguir creyendo en que el progreso es algo que seguirá ocurriendo?
¿quien puede seguir pensando que no es necesario hacer nada, que las cosas irán mejorando solas? No es verdad. Al contrario. 

El riesgo de que los regímenes democráticos que hemos conocido, las libertades que hemos despreciado dándolas por supuestas cuando no por escasas, sean sólo un breve paréntesis en un "largo cuento lleno de ruido y de furia" es, en mi opinión, demasiado real, aunque tal vez no sea inminente. 

Pero como decía hace unos días Pérez-Reverte "es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros" Y eso, exactamente eso, es lo que estamos haciendo.

Hoy la suite "Iberia", de Isaac Albéniz. Al piano Alicia de Larrocha.  

¿Necesitáis saber dónde nacieron para valorar su talento y disfrutar de él?




viernes, 29 de agosto de 2014

Mercado y moral, fanatismo y tolerancia


29 de agosto de 2014

Llevo ya una temporada larga escuchando a moralistas de toda índole hablar de las maldades del mercado, de la perversidad del capitalismo, de la corrupción de la banca y de la falta de honradez de las empresas.

Las recetas ofrecidas para poner remedio a todos estos males varían, desde las más radicales (si la raíz de todos ellos es el capitalismo como sistema, erradiquemos éste y desaparecerán) a las más intervencionistas (el problema es la falta de regulación, hagamos que el Estado intervenga en todos los sectores de actividad y eso eliminará comportamientos irregulares) sin descuidar las utópicas (los individuos persiguen su interés individual porque se han educado en un sistema sin principios, creemos un sistema solidario y todos los "hombres nuevos" se dedicarán con afán al interés ajeno).

Y, en mi opinión, tanto el problema como la solución, están en las personas: si una persona no tiene principios morales, si no le importa lo que está bien y lo que está mal, si no es capaz de regir sus actuaciones por el criterio de tratar a los demás como quiere ser tratado, entonces, sea cual sea el sistema en el que viva, el trabajo que desempeñe, la organización para la que trabaje o las leyes que le obliguen, se comportará sin respeto alguno por los demás. 

Y eso no puede evitarse: puede (y debe) reducirse su ocurrencia construyendo una sociedad en la que se cada uno de nosotros demos primacía a la responsabilidad individual, a los principios morales, a la integridad, a la honradez y al esfuerzo frente a la holgazanería, al relativismo moral, y al pedir derechos sin deberes.

Pero aún así, en una sociedad libre, habrá individuos que elijan no comportarse como deben. Y para eso no hay más opciones que un sistema de leyes justas y claras, que sancionen al culpable y protejan al resto, y que se apliquen, por parte de los jueces, de manera rápida y sin privilegios.

O sea personas, siempre. El resto, incluyendo las recetas de tanto telepolítico, conduce inexorablemente a los totalitarismos, que para lograr "hombres nuevos" se dedicaron a matar a millones que no lo eran a lo largo de todo el s. XX.

Exactamente lo mismo que pretenden hacer los apóstoles de la "sharia": conseguir un mundo de creyentes en su locura matando a todos los que no quieren compartirla. ¿Hay que ser tolerantes con eso?

Y hoy, con el nuevo curso a la puerta, un poco de guitarra española con música renacentista y barroca.






viernes, 4 de julio de 2014

Lo caro no son las TIC

4/7/2014

Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia.


Desde hace cierto tiempo, y en el contexto de la ejecución de las medidas con contenido TIC de CORA, la Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas, se viene escuchando de modo repetido el mensaje de que "las TIC de la administración son caras". Y, en ocasiones, incluso, se oye que la Administración General del Estado gasta más que alguno de los grandes bancos españoles en TIC, como si esto fuera un argumento definitivo.

Pues bien, parafraseando a Derek Bok, si piensa usted que las TIC son caras, ¡pruebe sin ellas!

Las TIC de la Administración General del Estado NO son caras.

Según el Informe REINA 2013, publicado por el Ministerio de Hacienda y Administración Pública, en el año 2012 el total de costes asociados a las TIC en la Administración General del Estado (Ministerios, Organismos Autónomos, Entidades Gestoras de la Seguridad Social, Agencias Estatales y Entidades Públicas empresariales) es decir, la suma de los costes de personal -capítulo I-, inversiones -capítulo VI-, y gasto corriente -capítulo II- dedicados a las TIC fue de 1.453 millones de €, un 3,87% del total presupuestado en esos tres capítulos para la totalidad de la AGE. 

Pues bien, según estudios de diversas consultoras (entre ellas Gartner, Boston Consulting Group y Forrester Research, el sector bancario a nivel munidal, dedica, en media un 7,3% de sus ingresos a las TIC. Y en Europa ese valor se sitúa alrededor del 10,5%. 

Por otra parte, el informe de la OCDE "Government at a glance 2013" permite ver una comparación entre los porcentajes dedicados a las TIC por los gobiernos centrales, sobre datos de 2011. España, con el 0,8% aproximadamente, aparece inmediatamente delante de Francia y detrás de Islandia; cerca del Reino Unido (algo más del 0,9%) y bien lejos de los Estados Unidos (aproximadamente 1,9%) y Nueva Zelanda (2,1%).

Así que ya se ve que, ni en comparación con los sectores públicos de los países de nuestro entorno, ni mucho menos en comparación con el sector bancario es ni medianamente cierto que las TIC de la AGE sean caras.

Otra cosa es que sean poco eficientes, es decir, que para esos costes el nivel de servicios conseguidos sea inferior a los logrados en algunos de esos países o en otros sectores o poco eficaces, es decir que la percepción interna y externa de los usuarios acerca del funcionamiento sea pobre.

Y ahí está la madre del cordero: si el gasto TIC de la AGE ha sido durante todos estos años poco eficiente (y yo creo que sí) y poco eficaz (y también creo que sí) el problema no es de las TIC y tampoco es de los gestores TIC.

El problema es de los directivos que han decidido y utilizado las TIC sin aplicar criterios de racionalización organizativa y procedimental. Que han generado y financiado proyectos replicados en los ministerios y organismos autónomos porque los ministerios y organismos autónomos se gestionan de manera aislada e inconexa. Y nadie ha querido revisar esa gestión ANTES de aplicar las TIC.

¿De verdad alguien de quienes suscriben esa idea de que las TIC de la AGE son más caras que las de la banca cree que cualquier banco permitiría que cada una de sus sucursales gestionase por su cuenta su propio personal? ¿o sus instalaciones inmuebles? ¿o llevara su propia gestión económica? Pues como no permiten eso tampoco permiten (ni necesitan) que sus sistemas de información sean diferentes.

Pues entonces no seamos hipócritas ni inconsecuentes: si cada ministerio y organismo tiene capacidad para gestionar por su cuenta los recursos comunes ¿a qué sorprendernos que haya decidido hacerlo con criterios y herramientas (entre ellas las informáticas) diferentes? ¿a quién se le ha dado la capacidad de uniformizar criterios y procedimientos y los medios para hacerlo? A NADIE.

Por otra parte, y esto es muy importante al hablar de la eficacia, la AGE no tiene un solo negocio. En la banca, la actividad de la oficina A es idéntica a la de la oficina B: sus misiones, funciones y operaciones son iguales, luego todo puede uniformizarse. 

En la AGE NO. Como decía en el párrafo anterior, las unidades y funciones susceptibles de agregarse y uniformizarse no se han agregado ni uniformizado nunca (CORA incluida).

Y existen además toda una serie de misiones (las de las Secretarías de Estado) que son no sólo exclusivas de ese órgano sino, además, en no pocos casos exclusivas del sector público (Defensa, Justicia, Exteriores...). Así que ¿qué clase de concentración o estandarización se va a aplicar ahí? Únicamente la relativa a la infraestructura tecnológica. Y volvemos al punto anterior ¿qué directivo de alto nivel ha querido, hasta ahora, prescindir de tener SU CPD?

Así que, por favor, que cada palo aguante su vela: las TIC NO son caras. Son caros los directivos que deciden sobre ellas y NO saben planificarlas. Y eso NO es una cuestión de tecnología.

Por eso para muchos miembros del colectivo TIC las iniciativas CORA relacionadas con la dirección TIC de la AGE son tan importantes. Tan urgentes. Y por eso deberían, tan forzosamente, ir seguidas de iniciativas del mismo alcance en todos los servicios comunes.


Y como empiezan las vacaciones, el descanso... Eric Clapton... in heaven






jueves, 5 de junio de 2014

Lo que vale tu palabra (II)

4 de junio de 2014
¿Por qué tengo que cumplir el código civil si no lo he votado?

Siguiendo con los temas estrella de la temporada: elecciones europeas y abdicación, hoy me hago, y os hago, esta pregunta. Y planteo algunas más, por si queréis seguiros interrogando.

Si el hecho de no haber votado la Constitución te exime de cumplirla o se considera argumento válido para cuestionar su vigencia: ¿qué deberían hacer los Estados Unidos de Norteamérica, que tienen la misma desde 1787? ¿o Francia, que promulgó la última en 1958? ¿o el Reino Unido, que no tiene constitución escrita? 

¿Por qué no se echan a la calle periódicamente "los pueblos" de esos países para reclamar un cambio constitucional que puedan votar para "dar legitimidad" a su sistema de convivencia? ¿por qué sus políticos no plantean cada treinta años o así que hay que "acomodar la Constitución a los tiempos actuales"?

¿Por qué es posible que representantes de los ciudadanos, que ocupan cargos públicos gracias a nuestros votos y que cobran de nuestros impuestos y han jurado "cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes" se dediquen a conculcarlas de manera pública y notoria y sin consecuencias para ellos? 

¿De dónde ha salido esa falacia de la "legitimidad de la calle" como opuesta a la legitimidad de las urnas y las leyes, y que, en realidad, está pensada para legitimar la violencia de unos pocos?

¿Qué crédito moral y político puede tener quien jura algo y después lo incumple? ¿O quien lo jura declarando que no lo cumplirá? ¿Por qué "su conciencia" -que es lo que suelen invocar semejantes tipos para justificar su traición a la palabra dada- ha de ser más merecedora de respeto que la mía o que la del resto de ciudadanos, que esperamos de nuestros dirigentes el cumplimiento diligente de la ley como primera obligación de sus cargos?

En un estado democrático de derecho el escenario es muy sencillo de entender:
  • La leyes obligan a todos los ciudadanos, si las has votado como si no.
  • Si hay leyes que no te gustan, actúa para cambiarlas democráticamente.
  • Mientras tanto, hasta que no lo consigas, cúmplelas
  • Si ocupas un cargo público y tu conciencia no te permite cumplir con las obligaciones del mismo, dimite.
Ninguna de estas circunstancias incluye incumplir la ley, ni convocar manifestaciones y luego pretender que eso es "la voz del pueblo". Ni, mucho menos, recurrir a la violencia o justificarla.

(Incluyendo el último hallazgo dialéctico, "lo preocupante no es que ardan contenedores sino que haya gente que busca comida en ellos", que busca desactivar cualquier tipo de argumento en contra recurriendo a igualar, de modo implícito y torticero, oponerse a la quema de contenedores con defender que haya gente que busque comida en ellos.)

Por cada persona que sale a la calle a manifestarse puede haber entre 50 y 1000 personas, en la misma población, que NO se manifiestan, sea cual sea la convocatoria. 

¿Es democracia suponer que esas otras personas piensan lo mismo aunque no hayan ido a la mani? ¿Mas aún, es democracia imponer a esas otras personas, que cualquiera que haya aprobado las matemáticas de primaria ve que suponen más del 90% del total, los deseos de los manifestantes? Y para acabar ¿es democracia argumentar que la hipotética voluntad de esa "mayoría" -que desmiente la aritmética- es suficiente para suspender las leyes?

Pues tengo una mala noticia, lectores: cada vez hay más gente en España que cree que sí.

PD. Y todo lo anterior no tiene nada que ver con el legítimo deseo de muchos ciudadanos de que España sea una república o de que se plantee ese debate. A ver si nos aclaramos.

Y hoy Yo Yo Ma interpreta parte de la banda sonora de "La Misión" (Ennio Morricone). La aventura de un hombre que empeña su vida (y su palabra) en redimirse.




miércoles, 4 de junio de 2014

Lo que vale tu palabra (I)

3 de junio de 2014

Promesas del Este

Parece difícil estos días escribir, en España, de algo que no sean los resultados electorales de las pasadas elecciones europeas o la abdicación del Rey y el debate sobre el régimen político y el cambio constitucional.

Así que, aunque me da un poco de pereza, me pongo con lo primero: merece la pena analizar tanta chorrada acumulada. 

Respecto de las elecciones generales, la caída del PP y del PSOE no me sorprende (creo que a nadie), pero el ascenso del "fenómeno" Podemos me parece un indicador tristísimo de miseria intelectual.

Que haya tantos compatriotas que creen que la crisis ha sido culpa enteramente "de otros" (banqueros, ricos, políticos, empresarios...) y que su solución es un Estado intervencionista al estilo Venezuela, sin responsabilidad individual, sin iniciativa privada, sin seguridad jurídica, sin separación de poderes, que proporcionará una paga a todo ciudadano, que garantizará la "dignidad existencial", después de proceder a una "auditoría pública de la deuda" y a la nacionalización de empresas o bienes de producción, me espanta.

No se trata de que desde el punto de vista económico esto resulte ser un disparate, aunque lo diga un profesor de Universidad, ("humilde portavoz" del colectivo) y ahí están los países comunistas. Se trata de algo infinitamente más grave: se trata de que un número importante de ciudadanos no quieren ser ciudadanos. Es decir: no quieren ser adultos y responsables de sí mismos. No quieren ejercer su libertad día a día y asumir las consecuencias de la misma sin más limitaciones que la libertad de los demás. 

Quieren que su libertad se reduzca a votar para que el Estado, con su voto, se ocupe de toda su vida: decida por él, le subvencione la supervivencia, le proporcione consignas ideológicas para tranquilizar su conciencia y le libre así del insoportable peso de ser un individuo, para acogerse al cómodo abrigo del "pueblo", al tranquilizador envoltorio de "la gente".

Si de verdad alguien piensa que la vía de regeneración democrática, cada día más necesaria en España, pasa por las propuestas de este partido, sólo me queda recordar los versos de Quevedo "Miré los muros de la patria mía.." por más que la patria de cada uno no deje de ser el fruto de una casualidad y no la unidad de destino en lo universal que predican los nacionalistas.

Esas promesas engañosas, que conducen a la frustración cuando no se cumplen y a la miseria cuando lo hacen, me han traído a la memoria la película de la que he tomado prestado el título: una obra que merece la pena ver.

Y por cierto: ¿cómo se llama que cobrar 8.000 € al mes por trabajar como europarlamentario deba ser ilegal y cobrar 800 € al mes por no hacer nada sea un logro social?

martes, 4 de marzo de 2014

¿Despedimos enfermeras?

4 de marzo de 2014

Esta es la primera idea que se me ha venido a la cabeza después de leer hoy en twitter un comentario acerca de la necesidad de contar con ponentes especialistas en materia de tecnologías de la información y las comunicaciones "que fueran mujeres". Y además calificando esta petición como una demanda de "igualdad".

Yo, la verdad, hay días que dudo muy seriamente de que sea verdad eso de que el ser humano es racional. No es posible.

Vamos a ver ¿qué diría esa misma persona (o cualquiera de las que comparten ese punto de vista) si semejante reflexión fuera hecha para pedir que esos ponentes "fueran hombres"? incendiarían la red, pondrían el grito en el cielo, llamarían machista al autor del comentario, lo denunciarían ante los Tribunales y, si pudieran, lo emplumarían con brea.

Pues señores, si está mal pedir que para desempeñar cualquier actividad profesional se pidan hombres por el mero hecho de serlo ¿podría alguien explicarme por qué eso está bien cuando se trata de mujeres?

¿Por qué afirmar que la mayoría de los hombres son más hábiles que la mayoría de las mujeres orientándose es machista y afirmar que la mayoría de las mujeres son mejores comunicadoras que la mayoría de los hombres es guay, avanzado, igualitario y no sé cuántas cosas maravillosas más?

¿Me podría explicar algún listo de la discriminación positiva (que por cierto es como la energía negativa, algo que no existe) por qué si es bueno obligar a las empresas a que escojan mujeres para los puestos de administración sólo para tener el mismo % de ambos sexos no deberíamos, por las mismas, obligar a los hospitales a que escojan hombres para los puestos de enfermera, sólo para tener el mismo % de ambos sexos? 

¿Qué, señores míos, mientras esperamos a que el % de titulados varones en enfermería (16% en 2011 según el INE) se acerque al de mujeres, qué hacemos? ¿despedimos enfermeras?

Se están destruyendo los principios de mérito y capacidad en los que debe basarse el desempeño profesional. Y se está haciendo, alegremente, en nombre de una mal entendida "igualdad" que a las primeras que perjudica (entre muchas otras maneras con un paternalismo repugnante, que supone que somos incapaces de conseguir esos puestos por nosotras mismas) es a quienes pretende beneficiar, a las mujeres. Y cuanto más competentes mayor es el perjuicio causado. 

Los siguientes perjudicados son los hombres; y si los actuales adultos no nos preocupan "porque son machistas", a lo mejor debería preocuparnos qué mensaje estamos dando a nuestros hijos varones... ¿que ahora toca "la revancha"?

Yo paso. La única igualdad que quiero es la de que las leyes me reconozcan y la Justicia me garantice exactamente los mismos derechos que a cualquier otro ciudadano. Sea mujer u hombre.


"Che si puó fare" de Bárbara Strozzi  ...siempre se puede hacer algo!








miércoles, 22 de enero de 2014

Procusto, el igualador supremo

22 de enero de 2014

A finales del año pasado decidí cambiar un seguro de vida que tenía desde hace varios años y suscribir uno nuevo, con características diferentes.

Cuando contacté con la entidad aseguradora (por teléfono) para informarme, mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que, si bien la cobertura económica del seguro suponía un importe del doble del anterior, la nueva anualidad era ...¡cinco veces mayor! 

Como el tiempo transcurrido no era tanto y mi deterioro físico era desconocido para mi interlocutor no pude por menos de preguntarle el motivo de semejante incremento en la póliza y, sobre todo, de semejante desproporción respecto al anterior.

La respuesta me dejó tan alucinada que aún no me he repuesto y cuando me ha llegado el cargo bancario correspondiente, al recordarlo, he querido compartirla con vosotros, lectores. Juzgad vosotros mismos.

Tradicionalmente las pólizas de seguros de vida de las mujeres eran, para la misma edad y la misma cobertura económica, más baratas que las de los hombre, puesto que, estadísticamente hablando (y recordad, lectores, por favor, que el negocio de los seguros es estadística pura y dura) las mujeres tienen mayor esperanza de vida que los hombres.

Hasta aquí todo claro, ¿verdad? No he insultado a los hombres ni he ofendido a las mujeres. He señalado algo de dominio público y que viene siendo así prácticamente desde que los avances de la obstetricia y los antibióticos han reducido de manera drástica, al menos en los países desarrollados, una de las principales causas históricas de mortalidad femenina: el parto. (Incluso desde antes, dado el impacto de las guerras sobre el género masculino a lo largo de los siglos).

Bueno, pues en cierto momento de estos años transcurridos desde que contraté mi antiguo seguro, la Unión Europea, sin duda en algún día tedioso y aburrido del largo invierno bruselense cayó en la cuenta de semejante discriminación por razón de género y decidió ponerle remedio sin tardanza.

Yo creo que empezaron queriendo evitar que, a una misma edad la mortalidad masculina fuese mayor que la femenina... pero como eso no pudieron prohibirlo decidieron prohibir que para la misma edad e igual cobertura las pólizas fueran diferentes en función del sexo. Y claro, las aseguradoras, que son negocios y no ONGs, igualaron las pólizas... por arriba. Y ahora las mujeres pagamos igual que los hombres.

Me siento fenomenal y estoy segura de que los hombres también. De hecho me siento tan igual gracias a la Unión Europea, que he decidido pedir que, por coherencia, eliminen esas estadísticas discriminatorias en las que aparecen más hombres fallecidos que mujeres, puesto que son el origen de semejante práctica aseguradora. 

Y he decidido pedir también que eliminen las intolerables desigualdades derivadas de que sólo las mujeres podamos gestar y que legislen para que los hombres también puedan asegurar sus propios embarazos y los riesgos asociados... así estarán listos para cuando la Naturaleza remedie su (discriminatorio) despiste. 

Y siquiendo por esa senda de lucha contra la discriminación espero que las aseguradoras dejen de cobrar distinto a los abuelos paracaidistas, a los jóvenes practicantes de la inmersión a pulmón libre y a las mamás motoristas. ¡Un mismo importe para todos los asegurados, para todas las coberturas y para todos los riesgos! (Y, por  supuesto, si yo no puedo pagar el importe derivado de esta política...¡que lo pague el Estado, que es mi derecho!)

Ahora sabéis por qué he titulado esta entrada "Procusto, el igualador supremo", ¿verdad?  Un ejemplo de adónde conduce la obsesión por lo políticamente correcto y por una igualdad mal entendida. 

Aquí tenéis otro, lectores (y lectoras), sacado de "La vida de Brian", de los geniales Monty Phyton. La escena en la que los activistas del "Frente Popular de Judea" acuerdan reconocer el derecho de Stan a parir... aunque sea un hombre y no tenga útero.






lunes, 13 de enero de 2014

Adultos responsables o Estado invasor

13 de enero de 2014

¿Qué clase de Estado deseamos? ¿qué clase de Estado estamos contribuyendo a crear por acción o por omisión?

El pasado miércoles leí en el Boletín Oficial del Estado la prohibición de hacer campañas de comunicación solicitando la donación de órganos para personas enfermas. Me pareció una intromisión intolerable del Estado en la vida privada de las personas y así lo comenté en twitter 

Mi opinión generó un debate con algunos compañeros en el que se tocaron varios puntos interesantes. Lo limitado de twitter a la hora de exponer y argumentar ideas me ha llevado a escribir esta entrada con el propósito de tratar en detalle lo que en mi opinión es el auténtico fondo de este y otros debates semejantes, es decir ¿hasta qué punto estamos dispuestos a renunciar a nuestra libertad y responsabilidad individuales en beneficio de un Estado protector que nos "cuide"? y ¿cuáles son las consecuencias de esa renuncia?

No voy a analizar los pros y contras del modelo de trasplantes español en esta entrada, aunque posiblemente lo haga en otro momento.

Lo que deseo discutir es el convencimiento de muchas personas de que el Estado tiene derecho a prohibir esos anuncios porque, no estando permitida la donación directa en España, las personas que respondiesen a ellos podrían ser víctimas de un engaño, ya que no les dejarían hacer la donación... 

O sea, hay muchas personas que aceptan el derecho del Estado a limitar la libertad de unas personas a poner un anuncio -¡ojo, de contenido cierto!- con su dinero, para evitar una hipotética consecuencia negativa -que por otro lado podría no producirse, del mismo modo que podría ocurrir que quienes respondiesen al anuncio decidieran donar de todos modos aunque la donación fuese a un desconocido- sobre otras personas que, libremente, también decidiesen responder al mencionado anuncio.

Para mí este hecho no es una anécdota, sino una muestra reveladora del creciente afán de nuestra sociedad por delegar en el Estado la capacidad de protegernos a priori de las consecuencias de nuestros actos por el procedimiento de prohibirlos, sacrificando gustosos en el proceso nuestra libertad... no hablo de la prohibición de cometer actos que dañen la salud o las libertades ajenas, que desde luego forman parte del núcleo de un Estado de derecho.

Hablo de la obsesión por evitarnos cualquier disgusto, por librarnos de pagar el precio de nuestras elecciones, por disfrutar de cualquier cosa que deseemos por el procedimiento de llamarlo derecho y encargarle al Estado que lo financie, por querer ser de nuevo niños con una mamá-Estado que se ocupe de arreglar nuestros juguetes cuando los rompemos...

Y no, no es esa la sociedad en la que yo quiero vivir; no es la sociedad que deseo para mis hijos. Quiero una sociedad en la que el Estado se limite a ser el garante de las libertades individuales, en la que las personas podamos ejercer esas libertades respetando las ajenas y sepamos asumir -a priori y a posteriori- las consecuencias de nuestras elecciones.

Quiero una sociedad de personas libres y responsables. De adultos, no de niños caprichosos.

domingo, 5 de enero de 2014

Pensando en nuestros padres al comenzar el año

4 enero 2014

El comienzo de año es una fecha propicia a los buenos propósitos: ponerse en forma, aprender inglés, cambiar de trabajo... del mismo modo que el final de año es proclive al examen de conciencia y a la reflexión sobre el período que finaliza.

Yo no soy una excepción y, de hecho, se trata de un ritual que practico a conciencia cada año, convencida de que aunque no pueda cumplir todos mis propósitos, el hecho de reflexionar y hacerlos es un primer paso para mejorar. Y tampoco me importa que haya propósitos que se repiten en mi lista todos los años... ¡la vida es una carrera de fondo!

Pero este año se ha colado tanto en mi examen de conciencia como en mis propósitos una realidad profundamente triste que hasta ahora no había visto de cerca y ya se sabe que ojos que no ven...corazón que no siente.

Varios conocidos tienen a sus padres, madres o ambos, con una avanzada edad y una salud mental deteriorada y en estas fechas de reuniones, nostalgia, recuerdos y celebraciones parece que los esfuerzos y sacrificios que conlleva cuidar de ellos resultan imposibles de sobrellevar. 

He oído muchas quejas, sin duda fundadas, sobre los trastornos de la vida cotidiana que genera una persona que olvida la hora que es, que no recuerda si comió, que se levanta a deshora, que no quiere estar sola pero que, al mismo tiempo, se niega a vivir en otra casa que no sea la suya, que en ocasiones no reconoce a quienes le cuidan o reacciona con violencia frente a ellos. 

Por supuesto, si he oído las quejas es porque estos conocidos, a pesar de ellas, cuidan de esos padres, en algunos casos con una total falta de colaboración por parte del resto de la familia. Por tanto lo que estos días me ha impresionado no es la falta de cuidados. 

Lo que me ha entristecido es lo corta que resulta ser nuestra memoria para con nuestros padres: cuando sostenemos en brazos a nuestros hijos de unos meses y nos emocionamos ante la mirada de absoluta confianza que nos dirigen ¿no deberíamos recordar que esa misma ternura y los mismos desvelos que les dedicamos a ellos los tuvieron nuestros padres con nosotros? cuando nuestros padres nos despiertan a deshora ¿no podemos pensar que a deshora se levantaron ellos para atendernos o consolarnos? cuando olvidan las cosas ¿no deberíamos tener presente que nuestras primeras enseñanzas se las debemos a ellos?

Sé que la crianza de los hijos, que resulta en ocasiones extenuante, tiene siempre un horizonte de progreso, de mejora, de avances que, en el caso de los ancianos no existe. Pero, ¿acaso creemos que nosotros no envejeceremos? ¿pensamos que no necesitaremos del calor y del afecto de nuestros hijos? y ¿qué clase de ejemplo les damos si somos incapaces de devolver a nuestros padres no sólo los cuidados físicos, sino, sobre todo, el amor que de ellos recibimos?

Tratemos de recordar siempre que fuimos niños en brazos de nuestros padres para mirarles con el mismo cariño y respeto con el que lo hacíamos entonces. Tal vez ellos no recuerden, pero seguro que sienten.

Y en estas fechas y con estas reflexiones, un fragmento del Mesías de Haendel, el coro "Un niño nos ha nacido", por el "English Baroque Soloists" y el "Monteverdi Choir", bajo la dirección de sir John Eliot Gardiner. Espero que os guste tanto como a mí.