miércoles, 29 de mayo de 2013

El infierno son los otros...

30/06/2013

... escribió Sartre en una de sus obras más conocidas, la pieza teatral "A puerta cerrada" (Huis clos).

La frase admite diversas interpretaciones; en la obra "los otros", "los demás" son quienes constituyen el infierno al que cada uno de los personajes se halla sujeto y condenado. El  infierno en tanto que espejos y víctimas de cada uno de los personajes, que es también a su vez espejo y víctima de los demás.

Se trata pues de un infierno en el que los pecados y vicios de cada uno de los personajes actúan como ligaduras que los unen a todos entre sí, sin que en esa dualidad de víctimas y verdugos en un encierro atemporal haya posibilidad de olvido ni de perdón.

Sin embargo, de manera coloquial, esta frase se usa en un sentido metafórico para dar a entender que "los otros", es decir, quienes nos rodean, constituyen una penosa imposición sobre nuestras vidas que nos priva de la felicidad y, por ello, hacen de nuestra vida un infierno.

Ese es el sentido en el que yo he querido usar esta cita para revisar la característica que me parece más funesta del actual desencanto ciudadano en el que vivimos y que mucha gente califica de "fin de ciclo".

Es cierto que los dirigentes de todos los partidos políticos que han ejercido el gobierno en cualquiera de los niveles de las administraciones públicas son en grandísima medida responsables de la situación presente, y de manera especial de los aspectos económicos, educativos, judiciales y cívicos de la misma.

Pero el mensaje de que la toda culpa es de los políticos (estemos hablando de casos de corrupción o de estafas bancarias), de que todos los fallos derivan de una falta de regulación por parte de los gobernantes (cuando en realidad padecemos una inflación legislativa y demasiados usos torticeros de las normas), de que todos los problemas se deben a la avaricia de los bancos y a la connivencia de los políticos con ellos y de que, en suma, "el sistema" es la causa última e inevitable de un cataclismo como el que vivimos -y lo que se avecina, según los más pesimistas- es, lisa y llanamente, una escapatoria tipo "el infierno son los otros", justo en el sentido en el que yo lo he usado como título.

Es decir, según esto, nosotros, los ciudadanos españoles "pasábamos por aquí" y sin que nadie nos preguntase y sin intervención alguna por nuestra parte, un conjunto de personas que, a la vista de los resultados que les atribuimos, eran lo peorcito de cada casa, se han hecho con el poder en la mayor parte de los Ayuntamientos, Diputaciones, Comunidades Autónomas y Gobierno de la Nación... durante muchos años y se han dedicado a despilfarrar el dinero haciendo piscinas y aeropuertos, a dárselo -a la fuerza, claro-  a las Cajas de Ahorros, ONGs, sindicatos, partidos políticos..., a obligar a la gente a endeudarse suscribiendo hipotecas o créditos que no podían pagar, a crear puestos de trabajo en las administraciones y ocuparlos con gente que no quería, a complicar la legislación autonómica y local para no ser menos que "los de la comunidad vecina", a subvencionar centros de interpretación del atún rojo y a impedir que los niños se esforzasen en la escuela -haciendo que todos progresaran adecuadamente- o que los parados buscasen empleo -ofreciendo hasta dos años de subsidio de paro-... 

Y hace unos días, nosotros, los ciudadanos españoles, nos hemos despertado colectivamente y mira por dónde nos hemos encontrado este desastre.

Por favor, un poco de seriedad y de autocrítica: los políticos de un país son, ni más ni menos, que un fiel reflejo de la sociedad de la que salen.

¿Quién ha votado a todos esos partidos que han gobernado (en cualquiera de los niveles administrativos)? ¿y quién les ha vuelto a votar después de construida la piscina, o traído el último grupo de moda para las fiestas del pueblo? ¿quién aplaudió la creación de puestos de trabajo en el ayuntamiento de su pueblo o en la Diputación, o en la Consejería más próxima e hizo todo lo posible por colocar allí a una hermana, sobrino o amiga? ¿quién hizo negocios con las empresas públicas? ¿quién pidió créditos y subvenciones a las Cajas de Ahorros? ¿quién creó peregrinas ONG's que solicitaban -y conseguían- ayudas para el estudio del cultivo de variedades ignotas de lentejas en remotas regiones de Asia o de África? ¿quién suscribió hipotecas por el 120% del valor de la vivienda adquirida? ¿quién se fue de vacaciones al Caribe con un crédito al consumo? ¿quién apoyó la desaparición de métodos "autoritarios" (cuando no franquistas) en las escuelas tales como memorizar los ríos o los países, o el algoritmo de la raíz cuadrada? ¿quién jaleó los discursos identitarios que hacen bandera de coordenadas geográficas, antepasados míticos, recetas de cocina, dialectos de laboratorio o deportes prehistóricos? ¿quién defendió que "el Estado" tiene obligación de proveer a todos los ciudadanos de trabajo y casa? ¿cuántos ciudadanos piden que se suban los impuestos "a los ricos" y luego tratan de trampear en la declaración de Hacienda, o pagan "en negro"?

No es que nuestros políticos sean malos o corruptos o manirrotos (que los hay, ¡ojo!). Es que se parecen a nosotros y, por eso, descubrieron pronto qué tenían que decir y que hacer para que una mayoría de sus potenciales electores les votase a ellos en vez de a "los otros". (Que esos sí que son el infierno...) Y lo han hecho. Y se han mantenido en el poder. Y han seguido haciéndolo... 

¿Qué es lo que ha cambiado entonces?  Que el dinero con el que se pagaba la fiesta era o bien de otro (fondos europeos) o bien fiado (deuda pública) y cuando el manantial se ha secado hemos preferido echarle la culpa al que llenaba el caldero en vez de reconocer que todos nos hemos servido algún vaso y hemos pedido más sin preguntarnos de dónde venía.

O sea que está muy bien proponer iniciativas de regeneración democrática de los partidos (y la más importante de todas es la de listas abiertas junto con la reforma de la ley electoral) y está muy bien reclamar un funcionamiento eficaz de la Administración de Justicia (menos leyes y una garantía absoluta de que quien las incumple, sea quien sea, lo paga) pero NO sin reconocer antes, humildemente, que todos y cada uno de nosotros, como ciudadanos, también necesitamos una regeneración democrática, que pasa por asumir todas y cada una de las responsabilidades en el proceso que nos ha traído hasta aquí.

Y pasa por aplicar, en el futuro, dos principios a nuestro comportamiento diario: primero, que cualquier derecho que pretendamos exigir conlleva un deber que nuestros conciudadanos tienen derecho a exigirnos a nosotros y segundo, que un comportamiento que nos parecería impropio en un político no debe parecernos correcto si lo hacemos nosotros.

Sin este reconocimiento y este cambio de proceder no se producirá ningún cambio de ciclo, ninguna renovación del sistema político, ningún resurgimiento cívico. Todo lo más iniciativas demagógicas, parches temporales hasta que la situación económica mejore o aventuras de corte totalitario disfrazadas de "la voz del pueblo".

Hoy música barroca francesa, de Jean Baptiste Lully "Le Bourgeois gentilhomme", el ballet comedia con texto de Molière, del que hablaré en algún otro momento.




martes, 21 de mayo de 2013

La devaluación del lenguaje

O la tiranía de la mediocridad


Hace unos días escuché (de nuevo) una queja que se repite de manera machacona en los medios de comunicación y también entre los usuarios de las tecnologías de la información y las comunicaciones.

Se trata de la -supuesta- imposibilidad de las personas normales para comprender determinadas materias, básicamente las relacionadas con la ciencia o la tecnología, debido a que quienes las conocen, cuando hablan de ellas, emplean un vocabulario "demasiado técnico" o "muy complicado".

Estoy hartita de semejante estupidez: una cosa es explicar con claridad un concepto básico de cualquier conocimiento o disciplina, cosa que sin duda puede hacerse de manera sencilla, aunque no siempre breve, y otra muy distinta es pretender que expresar con precisión determinadas relaciones, comportamientos, fenómenos o propiedades pueda lograrse sin utilizar las palabras adecuadas para ello. Y si no las comprendes la culpa no es de quien las usa, sino tuya.

A lo largo de la historia el ser humano ha desarrollado un vocabulario específico para casi cualquier área de actividad o de saber, y así, cuando uno visita una ebanistería puede que no sepa qué es una escofina, del mismo modo que si va a un taller de costura puede no saber qué es un bies, pero la reacción en estos casos es preguntar, es decir, asumir la propia ignorancia y tratar de remediarla. Nadie le monta un número al ebanista ni se queja de que la modista "hable para expertos".

Y sin embargo esa tontería es la que escucho, cada vez más a menudo, en boca de profesionales que, encima, dan por supuesto que el vocabulario de su propia actividad sí que debe ser conocido por todo el mundo. Profesionales que suelen tener en común una profunda ignorancia de la ciencia, un desdén aún mayor hacia todo lo que ignoran y una lamentable creencia en que sólo las humanidades son cultura (o aún peor, que sólo lo que ellos conocen es cultura...)

¿A alguien le extraña que si un médico quiere hablar de una inflamación de oídos diga "otitis"? pues no, y si no sabes qué significa le preguntas al médico o miras el diccionario; del mismo modo, si un abogado dice hurto es, precisamente, porque lo que desea expresar no es lo mismo que robo.

Así que, ¿por qué #~%¡* yo tengo que explicar una y otra vez qué es una aplicación web o una base de datos como si fuera el libro de Petete para evitar que quien lo ignora se sienta ignorante? ¿por qué tengo que disculparme por decir que algunos sistemas de firma de clave pública y privada se basan en la factorización usando números primos muy grandes? ¿hay algún misterio esotérico en afirmar que si tengo 22 letras posibles para escribir una palabra de 6 letras las combinaciones existentes son 22 exp 6? Por supuesto que no pretendo que todo el mundo lo entienda. Pero aspiro a que quien no lo comprenda tenga claro que es porque hay algo que no sabe, no porque yo tenga la obligación de decírselo de otra manera. Y se preocupe por aprender y no por desmerecer el conocimiento ajeno.

Y de Bach, de "El clave bien temperado", una obra de clara vocación didáctica, hoy el Preludio y Fuga en sí bemol mayor BWV 560.