jueves, 7 de marzo de 2013

Lo público y lo privado en el mundo 2.0

O este blog sólo contiene mis propias opiniones, que en modo alguno representan a la organización para la que trabajo.


Hace unos días, a propósito del breve episodio de "ruido y furia" en el que me he visto envuelta, comentaba con algunos compañeros de trabajo la paradoja que supone el que las redes sociales, en principio un medio de difusión de las opiniones personales de manera individual, directa, inmediata y sin la distorsión de los medios de comunicación, lleguen a convertirse en un medio para amenazar e insultar que, lamentablemente, ofrece las máximas ventajas a los agresores.

Es verdad que esta misma paradoja está presente en la misma raíz de la democracia: las libertades que una democracia garantiza a todos los ciudadanos amparan también a quienes pretenden destruirla. Es triste, pero la alternativa -la falta de democracia o la democracia con adjetivos- es sin ninguna duda peor.

En la conversación surgió también la cuestión de hasta qué punto, dado lo sencillo que es conseguir datos de una misma persona en diferentes redes sociales cuando uno utiliza su nombre real, es factible mantener la separación entre lo público y lo privado o más exactamente hasta qué punto es factible trasladar esa separación a los lectores de un blog, a los seguidores de twitter, a los contactos de linkedin...

Realmente no es del todo factible, entre otras cosas porque cada uno de nosotros somos una sola persona, con independencia del contexto en el que actuemos en cada momento. Pero además, hay otros factores, tanto propios como ajenos, que lo dificultan.

En primer lugar desde el punto de vista propio: en mi caso, como ya señalé en la primera entrada de este blog aquí sólo expongo mis opiniones, totalmente independientes de la organización para la que trabajo. Por otro lado, la información o los datos que pueda publicar aquí son siempre de carácter público, disponibles en fuentes accesibles para cualquier ciudadano. Pero, al mismo tiempo, parte de lo que opino, forzosamente, está relacionado con lo que hago y con las características de mi organización, con lo que de ella me gusta y lo que no...  

En segundo lugar desde el punto de vista ajeno: es evidente que cada uno hará su propia interpretación sobre lo que lee y si alguien decide creer que escribo en nombre de mi organización no habrá sitio suficiente en todas estas páginas para disuadirle de ello, así que no perderé el tiempo intentándolo.

Por otra parte, puesto que trabajo para la Administración Pública, hay quien se cuestiona si tengo derecho a criticar su funcionamiento o a discrepar de su dirección.

La respuesta me parece bastante simple: como mínimo el mismo que cualquier otro ciudadano, puesto que, como cualquiera de ellos, la sostengo con mis impuestos y éste es, afortunadamente, un país con libertad de opinión. 

Evidentemente, no puedo dejar de cumplir con mis obligaciones por el hecho de tener otro punto de vista en ciertos temas, ni puedo utilizar mi puesto de trabajo como elemento de argumentación o fuente de información. 

Evidentemente también, si las discrepancias en algún momento afectasen a mis principios,  a mi conciencia o a mi capacidad de desempeñar correctamente mis obligaciones... estaría obligada a cambiar de trabajo.

Tal vez en el caso de las personas que son propietarias de una empresa o bien sus máximos directivos sí que pueda darse por supuesta esa identificación entre el individuo y su rol profesional, pero en el caso de los funcionarios de carrera, como en el de los empleados de una empresa privada, me parece a mí que existe un amplio margen en el que pueden darse, simultáneamente y sin mayor contradicción, el estricto cumplimiento de las obligaciones profesionales y la discrepancia con determinadas actuaciones o criterios de la organización.

Y esas posturas críticas, cuando se argumentan y se razonan, pueden ser una importante fuente de mejoras para la organización, por lo que, en mi opinión deberían valorarse en lugar de percibirse como una transgresión.

Yo creo que esta es la política que aplica, de manera general, la mayor parte de la gente que está en las redes sociales con su propio nombre, con independencia de la organización en la que trabaja.... pero, efectivamente es una frontera difusa, que en el mundo 2.0 parece estarse desdibujando aceleradamente.

Hay otra posibilidad, que también surgió en la conversación a la que me he referido: usar un seudónimo y, amparada en el anonimato, manifestarse sin cortapisa alguna (ni siquiera la de la buena educación , en algunos casos).

Bueno, es una opción legítima desde luego. Pero no es la mía. Yo no quiero renunciar a mi derecho a decir en mi propio nombre lo que pienso, sin más límites que las obligaciones de mi trabajo y la libertad ajena. Y sin más representatividad que la mía propia.

Y hoy una pieza larga y francamente interesante: las seis sinfonías opus 18 de Johann Christian Bach, interpretadas por la Hanover Band de Halstead.